28 de Marzo de 2017 por Pablo

Tras la primera noche, larga para algunas y corta para otros, el grupo se reunió a la hora convenida en el comedor. De hecho, ya a eso de las 7 se oían voces en español  por el pasillo, ruido de alguna puerta, y eso que no habíamos quedado hasta las 8,30…

Reparto de la intendencia preparada el día anterior, un buen tentempié con cereales, leche con chocolate, tostadas, alguna taza por el suelo y leche derramada, lo típico cuando vamos 18 adolescentes por el mundo.

En cualquier caso, salimos en hora y nos dirigimos a la oficina del ferry. Allí Marta Villaseca hizo de intérprete y nos dirigió perfectamente hasta el autobús. Para sorpresa de los niños era de dos pisos y, sobra decirlo, todos se estrujaron escaleras arriba para disfrutar del piso superior. Bromas, risas e información sonsacada sobre la noche anterior, todo en orden.

El puerto está a unos 40 kilómetros de Galway, ya que de esta manera se acorta el viaje por mar hasta las islas, así que después de una hora de disfrutar de los paisajes de Irlanda, llegamos al ferry.

 

Pero como ya estamos en modo Indiana Jones, no causó tanta impresión lo de navegar. Alguno decía que estaba mareado, pero realmente no hubo mayores contratiempos.

Al llegar nos pusimos en marcha, 8 kilómetros hasta el fuerte de Dun Aonghasa nos esperaban. Y aquí estuvo parte de la diversión del día, juegos, Judith y Pablo arreando ganado, unos que se cansan, a otro se le cae la botella de agua dentro de la mochila, otra que no quiere andar más…

Parecíamos el ejército de Pancho Villa, pero hay que decir que todos se portaron como valientes y llegamos a la hora esperada a nuestro destino.

Como el hambre, la sed y el cansancio eran mayores que sus ansias de conocimiento, decidimos comer primero y escuchar a los compañeros encargados de la explicación después. Todo un acierto, sobre todo porque los sándwiches de chorizo y lomo con queso estaban deliciosos. Con los ánimos recuperados hablamos sobre la religión precristiana de los celtas, con sus dioses (origen también de Halloween) y los druidas.

Una mirada al acantilado de uno en uno y sin acercarse, terminó con la experiencia del día. Ahora solo quedaba desandar el camino para volver al deseado albergue, para muchos en este momento la mayor ilusión era la ducha y quitarse las zapatillas.

En un momento del camino de ida, Pablo ante el panorama de profesionales del senderismo con el que se encontraba, contrató la vuelta en un minibús pero no dijo nada, e incluso aquellos que le oyeron hablar con el conductor no estaban realmente seguros, o no querían hacerse la ilusión de haber oído bien.

Así que tras bajar del fuerte, y con la premura de tener que volver más rápidos porque se iba el ferry, todo el mundo se puso en ruta, pero al pasar frente al minibús el conductor les dijo que subieran. Miraron hacia atrás y cuando Judith y Pablo les dieron permiso para hacerlo fue el mayor regalo del día.

Una hora y media de espera en el puerto, ya que nos habíamos adelantado mucho, ayudó a terminar de recuperarse. Luego el camino inverso, ferry y autobús a Galway.

Al igual que ayer, dos grupos, unos a comprar, los otros a ducharse y a escribir a casa. En el supermercado, los chefs aprendieron algunas de las mismas lecciones que el día anterior recibieron sus compañeros. Hoy les ayudó Judith a preparar una ensalada y unas pechugas de pollo a la plancha.

Cuando todo estuvo comido y recogido, fue el tiempo de irse a la habitación, no se sabe si a dormir o a seguir hablando, pero muchos seguro que no llegaron a tocar la almohada con la cabeza cuando ya estaban sobrevolando los acantilados de Inishmore, cuna de la más antigua Irlanda.